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Pesadillas en el Desierto

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Pesadillas en el Desierto

Mensaje por Torhen Karstark el Dom Jul 09, 2017 6:08 am

P E S A D I L L A S   E N   E L   D E S I E R T O

En algún paraje de Dorne - Mes VII, año 284

Y una vez más, estaba en el desierto. El sol se escondía detrás de los grandes montículos de arena, y poco a poco, me iba dejando en la oscuridad. Pero apenas unos minutos antes de ocultarse por completo...

Las sombras volvían.



Comenzaba a correr, tan rápido como mis pies me lo permitían. La arena se colaba entre mis dedos y me dificultaba el paso. Caí, sin mucho estrépito, un golpe limpio en el mentón. Era entonces cuando me invadían, y de repente, todo era caos. Veía su rostro, llorando, como si estuviese sufriendo, ahogándose, y yo no podía hacer nada. ¡Astraea! Pero las sombras desvanecían todo, y ahora era Brandon Stark el que me fulminaba. Estaba parado junto a mi padre, quién, con una mirada entre decepcionada, enojada, melancólica y amenazante, no dejaba de penetrar mi alma.

Intentaba, con desesperación, de ponerme de pie, cual pequeño y torpe venado pretendiendo escapar de su depredador, el lobo. Volví a resbalar, pero esta vez caí rodando montaña abajo. Con arena hasta en las orejas, procuré de seguir apresurando el paso. Mas una vez más, me vi confrontando el suelo. Esta vez era Galdrik quien me acosaba. El salvaje me había salvado la vida... aún lo recuerdo.

Algunos cuervos me llevaban al muro, y yo iba a la par de ellos, sin prestar mucha resistencia. Y en ese efímero momento, Gladrik salió de los arbustos, como un cazador experto, y le siguieron varios salvajes. Eran como una docena, y salían de la nada. El amotinamiento fue repentino, y un fugaz intercambio de golpes y estocadas sucedió justo enfrente de mis narices. Él me dijo que corriera. Vete, ya, luego te alcanzo sureño, rugió. Pero no muchos pasos después, vi cómo una flecha le atravesaba el cráneo. No tuve tiempo de gritar o llorar su muerte. Tuve que correr.

¡Torhen! —Desperté. No sé por qué, pero comencé a gritar, no sé si por miedo, anhelo, o qué... sólo grite— Torhen... —.Era lo único que ella sabía decir, o por lo menos lo único que yo lograba comprender. Estaba encima mío, tenía un paño húmedo sobre mi frente sudorosa y ella estaba arrodillada alrededor de mi torso desnudo.

Mhyra —la aparté hacia un lado con cautela y la miré detenidamente. Su tez morena destacaba sus impresionantes ojos verdes. Tenía unas cuantas pecas en sus mejillas y su nariz, y su cabello era rizado y oscuro. Era una mujer delgada, sencilla y muy hermosa—. Gracias por despertarme. Hubiera muerto en cualquier momento de haber seguido allí.

Ella respondió algo, no entendí qué. Sonaba como un balbuceo para mí.

Soñé otra vez... fue la misma pesadilla —comenté—. Yo estaba corriendo, y me venían recuerdos de Astraea, Brandon, Galdrik... ellos padecían y me culpaban —tragué saliva antes de continuar—. Y tienen razón —. No la estaba viendo, pero sabía lo que estaba pensando.

Mhyra volvió a pronunciar algo fuera de mi entendimiento. Nunca supe qué lengua hablaba, pero desde que coincidimos, hemos simpatizado. Suelo considerar la soledad como mi única compañera de viaje, pero ella tiene una calidez que la soledad simplemente no puede alcanzar. Y puedo probarlo cuando volteo a ella; rara vez nuestras miradas se cruzan, pero cuando lo hacen, nos quedamos así durante un rato.

¿Cómo está afuera? —Pregunté al tiempo que me incorporaba y me asomaba al borde de la tienda que habíamos armado para esa noche. El sol estaba comenzando a salir por el este, lo que indicaba que era tiempo de retomar el camino— Recoge todo, volvemos a salir.

•••

Una vez que todo estaba listo, partimos en nuestros caballos. Me miré la mano, para encontrar el anillo tallado de hueso que Galdrik me había obsequiado hace unos dos años. Suspiré y continué cabalgando, mirando al frente, sabiendo que sería un largo día.

iēdar.

Giré mi cabeza, algo desconcertado. Sabía a qué se refería con eso.

iēdar —repitió, sin inmutarse. Y entonces recordé: ella decía eso cuando bebía agua. Estaba sedienta.

Se nos agotó anoche —señalé enfrente—. 2 millas en esa dirección y si tenemos suerte encontraremos algo.

Y así lo hicimos. Sin quejas, logramos avanzar 2 millas, y vimos a la distancia un humilde paraje. Supusimos que allí encontraríamos comida y agua. Cabalgamos los pocos metros que nos faltaban, desmontamos de los caballos y nos acercamos a la posada, que hasta ahora, parecía vacía. Una vez adentro, oímos el rechinar de una puerta. Del otro lado de la posada, un hombre con características físicas dornienses se encontró algo asustado al vernos. Le dije en lengua común que estaba bien, sólo buscábamos proveernos con agua y comida. Él asintió y volvió a retirarse por la misma puerta que entró.

Mhyra tomó asiento, mientras yo recorría cada pequeño rincón, explorando las vajillas, la madera de las mesas, unas botellas en muestra detrás de una barra... quería asegurarme de que no hubiese nada que pudiera sorprendernos más tarde.

El hombre regresó, con dos vasijas de agua y un plato con un pescado que no tenía buena pinta. Dejó todo en la mesa, y me senté a comer el pescado. Mhyra prefirió pasar, bebió unos sorbos del agua, inclinó un poco su cabeza hacia el dorniense, en señal de despedida y se retiró. Al terminar el pescado, tomé las vasijas con agua e hice ademán de retirarme. Sentí la mano en mi hombro, y con rapidez dejé las vasijas en una mesa y desenvainé mi espada. El dorniense, temblando, alzó las manos y se alejó de mí lo más posible. ¿Pensaba que le iba a pagar por todo esto...?

Y así, una vez más, monté a caballo a la par de Mhyra, aguardando que el camino nos condujera a un mejor sitio. Quizá, en algún momento, nos encontráramos con algo que le devuelva el sentido a la vida, o, para facilitar las cosas, que nos la arrebate.


Torhen Karstark
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