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Las luces del ocaso

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Las luces del ocaso

Mensaje por Cassella Fowler el Lun Jul 31, 2017 8:00 pm

Apoyada en una pared de piedra observaba cómo su halcón trazaba cada vez vuelos más cortos, más dinámicos y más bajos, delineaba circulos cada vez más pequeños sobre un horizonte de sol de ámbares y cobrizos. De repente, el animal cayó en picado por el acantilado. Cassella observaba abúlica y desganada, llevaba así varios días por sucesos precedentes y sus respectivas consecuencias, y ni siquiera un día de cetrería y aclaramiento mental conseguía sacarla de su tesitura. Regresarían ya al castillo, el ocaso era ya un hecho presente y las noches allí eran frías y peligrosas.

Tras el infructuoso regreso a casa jornadas atrás, la joven halcona había sido partícipe de sus más adversas pero realistas suposiciones: lord Fowler le había sermoneado, y menospreciado, como de costumbre. Podría haberte pasado algo terrible, era una frase que se había repetido en varias ocasiones. El menosprecio, ella sabía defenderse sola. O eso creía fielmente. ¿Para qué llevar tantas espadas, si ninguna ha conseguido protegerte?; aquella le daba especial rabia, porque lo que menos quería es que culpasen a Ceswell, Yoren, y compañía. Un tipo les había intentado robar mientras descansaban, nada más. Nadie había salido mal parado salvo los caballos. Cassella ya tenía suficiente con cargar con el peso de la vergüenza, por haber sido tan fácilmente burlada con la treta del crío dolorido, y el de la culpa por haber perdido todos esos dragones en víveres desperdiciados y por la vida de los pobres animales, como para sumarle también el reproche de su padre, el te lo dije habitual... no era la primera vez. Llevaba varios días sin cruzar miradas ni palabras con él, pero tampoco era la primera vez. Aunque quizás, sí la última.

El ave rapaz regresó al brazo de Cass con su caza. «Otro ratón— se dijo tras suspirar, con agotamiento—, y van doce hoy». Habían sido quince perdices y catorce conejos el premio del día, además de los mencionados roedores y dos culebras inofensivas. Cassella sabía que las culebras no contenían veneno, algo que no demasiada gente conocía. Tomó al duodecimo de la cola y lo lanzó al mismo zurrón donde había guardado al resto. «Para los gorrinos», pensó. Los gorrinos comían de todo, incluso personas si se les dejara.

—Milady, ya es hora de regresar.

Ceswell, Baldrick y otros tres hombres más la habían acompañado en su jornada de caza. Tres hombres de su padre, ahora pareciera que quería vigilar todo lo que hacía después de lo ocurrido. También la había acompañado Nymeria, la encargada de sus aves. Cassella se demoró voluntariamente mientras terminaba de desatar su lúa de cuero, esperando a que Ceswell adelantara su paso.

—Id delante, yo me quedo más atrás con ella—le dijo.

Ella era Nymeria. Ceswell y el resto continuaron caminando por la pedregosa travesía que trazaba la falda de la montaña, cargando la caza y otro equipamiento, mientras Cassella esperaba a su cobriza y reciente amiga. La conoció cuando había intentado matar a una persona, pero ahora le caía bien y legaba en ella más confianza que en el resto de la gente. Le sonrió brevemente cuando ambas unificaron la zancada, y se aseguró entonces de que el resto del grupo caminaba a una prudencial distancia.

—Estoy harta, ya no sé qué hacer. Antes parecía que ellas eran las únicas que me entendían, pero ahora ni tan siquiera eso me llena.

Ellas eran sus aves. Nymeria se encargaba de ellas, salvo de Guardián, su halcón. Guardián siempre iba libre, volando, y ahora su sombra proyectaba círculos perfectos bajo ellas dos. El cielo ya era morado, la luz comenzaba a irse. La Fowler terminó de quitarse el guante, y lo colgó de su cinturón. Tenía algunas heridas en el brazo, heridas superficiales y cicatrizadas de las garras de Guardián, de años atrás. Siempre había sido un poco montaraz e indómito, como ella.


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Re: Las luces del ocaso

Mensaje por Jolene Mallister el Jue Ago 03, 2017 10:02 pm


Las luces del ocaso

Por supuesto que era demasiado orgullosa como para decirlo en voz alta, pero estaba cansada. Exhausta. Agotada. Extenuada. Se le ocurrían mil adjetivos para quejarse, pero no lo hizo en ningún momento, esforzándose por mantener siempre una curva en los labios. A ojos de todos Nymeria era una chica alegre y jovial que inspiraba simpatía.

Nunca le había agotado tanto interpretar un mismo papel. Aquel no era especialmente su favorito, pero era el indicado para ganarse la confianza de todos, especialmente el de la Fowler. Y no le había dado malos resultados: se había ganado un puesto como la chica de los pájaros y casi se atrevería a asegurar que también su amistad. A veces se preguntaba qué ocurriría si Cassella hubiera conocido a Jolene Mallister, si se llevaría tan bien con ella. Apostaba todo a que no.

Nymeria luchaba por contener a lady Mallister, quien desde su interior gritaba y luchaba por salir. En primer lugar, odiaba estar allí. El sol de Dorne era insoportable, se sentía en pleno verano y apenas habían dejado el invierno, y encima estaban al aire libre, en la inmensidad de la nada, allá donde no existe la sombra. Bien es cierto que echaba en falta los paisajes de su tierra natal, las montañas verdes, los frondosos bosques y los ríos que los atravesaban. Pero no era eso. No era nostalgia, hubiera preferido cualquier reino más al norte.

Después estaba su tarea diaria de tener que ocuparse de las aves. Era lo que la mantenía allí. Aquel trabajo le proporcionaba comida y un techo, sin necesidad de preocuparse cada día por cómo iba a sobrevivir. Pero la desmotivaba. El pago por un mes cuidando de aquellos bichos era, en ocasiones, el mismo que recibía por un solo nombre. Acabar con alguien era mucho más arriesgado, sí, pero también más rápido.

Pero tampoco se quejaba de ello. Era consciente de que había tenido mucha suerte de encontrar aquel trabajo. Aparte del manejo de venenos, era lo único que sabía hacer. Había aprendido de muy pequeña, cuando conseguía escabullirse de la septa para acudir a las clases particulares de Desmond, el encargado de las aves. Ayudaba al viejo maestre con los cuervos y también se ocupaba de la crianza de águilas. Jolene adoraba las águilas, no solo por hacer honor a su casa.

En todo eso iba pensando mientras caminaba con la vista fija en el suelo, golpeando las piedras que se interponían en su camino, hasta que una voz femenina la despertó. Cassella, como Jolene, también se quejaba. Al parecer era un lujo que solo los nobles podían permitirse.
Tendréis que encontrar algo nuevo que os llene, entonces —le respondió a la Fowler con una sonrisa tras encogerse de hombros—. ¿Qué otras cosas disfrutáis haciendo?
Preguntó aunque ya creía conocer la respuesta. El arco. Pero aún así cumplió su regla de fingir ignorancia y mostrar interés.

Día V Mes VII Año 284


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Re: Las luces del ocaso

Mensaje por Cassella Fowler el Mar Ago 08, 2017 1:18 am

A menudo recurría a ella, desde que la conocía. A Nym. El por qué no lo sabía, quizás era por su simpatía, por su jovialidad. Por su lealtad, ¿sería eso? Cassella valoraba mucho a las personas leales. Al principio la había visto como alguien muy independiente, huidiza, pero luego la había visto con otros ojos. Ahora la veía leal, leal a ella. Cassella también se veía como una persona independiente, mucho, pero también se consideraba leal con los que lo merecían.

Su respuesta le hizo entrar en un eventual estado de reflexión. Seguía triste, pero ahora al menos podía ocupar sus pensamientos buscando una respuesta adecuada a su pregunta. Le gustaban las personas que le hacían reflexionar. «Algo que me llene».

—Algo que me llene.—repitió con decaimiento, asintiendo y mirando de soslayo a Nymeria, brevemente, dedicándole un rictus aún más conciso y volviendo a bajar la mirada a los pedruscos del montañoso camino que descendían.—Nunca ha habido nada que me llenara más que esto. Antes, cuando estaba mal, un día así era capaz de eliminar cualquier preocupación de mi cabeza.—manifestó, sonriendo tristemente para sí, denotando evidente melancolía.—Pero ya no.—concluyó con un tono bastante más tirante. Alzó la vista al horizonte, ya no podía ser cegada por ningún relumbrón de luz solar. «Y no sé por qué». El cielo ya era añil. Cassella creyó oir un lejano aullido similar al de un lobo, desde el Valle que bajo el barranco se extendía. Ceswell no tardaría en dirigirse a ellas para meterles prisa.

Siempre me ha encantado viajar.—añadió repentinamente. Era cierto, siempre le había encantado. Cuando era pequeña, pedía a su padre que la llevara consigo a todos lados, no consiguiendo siempre sus pretensiones. Lord Fowler había partido una vez a la guerra.
Entonces, miró a su reciente amiga de soslayo. Su mirada, si bien antes había rebosado simpatía, ahora iba cargada de intenciones.
Nym.—la llamó, pretendiendo llamar así más su atención. Volvió a mirar al horizonte, pero esta vez no fue para perderse en las paletas azulinas de la cerniente noche. Fue una mirada breve, para ver la distancia que les separaba del resto de caminantes. La distancia que prudencialmente hacía de aquella conversación algo privado entre la pelirroja y ella.—Nym, vámonos de aquí. A las Tormentas, o al Dominio.—volvió a mirarla, arqueando las cejas. Nymeria era pura simpatía, pura jovialidad. Cassella era impetuosa, y no muy inteligente, pero sabía leer en las personas. Creía saber dónde estaba su corazón, el de Nym, y algo le había dicho siempre que no estaba en Dorne.—Las tierras del Dominio son verdes y bonitas, más que las de aquí. Mucho más. Una vez estuve en el Dominio, hace algunos años. ¿Has estado alguna vez en el Dominio?—Ahora radiaba felicidad. Sí, acababa de decidirlo. Se iba de casa, otra vez.


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Re: Las luces del ocaso

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